El presente artículo pone de manifiesto una posible interpretación de la palabra BARCINO, vinculada al sentido, reconocido por diversos autores, de BARG(C)A (tabernaculum).
Palabras clave: Barcino, augur, tabernaculum, Barcelona, Casa Romuli, La choza de Rómulo.
ABSTRACT.
This paper emphasizes a possible interpretation of the word BARCINO, linked to the sense recognized by diverse authors, of BARG(C)A (tabernaculum).
Key words: Barcino, augur, tabernaculum, Barcelona, Casa Romuli, The hut of Romulus.
que per guardar sa filla del seu costat nascuda
en serra transformantse s'hagués quedat aquí.
Oda a Barcelona - Jacint Verdaguer
La ciudad de Barcelona está protegida del norte por la cordillera litoral (Collserola), flanqueada por dos fértiles ríos, el Llobregat (Rubricatus) y el Besós (Baetulo), construida alrededor del llamado Mons Taber y al pie de la montaña de Montjuïc, cuyo nombre significa Monte de Júpiter (Mons Iovis), como ya dice Pomponio Mela (s. I d. C.) en su De Chorographia, II, 80.
Fuente: http://www.xtec.es/~xripoll/ehistbc1.htm
Este gravado antiguo muestra el emplazamiento ideal de Barcelona como un todo perfectamente estructurado en torno al mons taber, lo que recuerda al esquema fundacional de la ciudad, de estructura cuadrangular con los ejes principales –cardo y decumanus- que parten o confluyen, en su centro, junto con los límites o muros rituales que la circunscriben que, en este caso, son los ríos, a Este el Baetulo y a Oeste el Rubricatus, el Mar, en realidad, la montaña de Montjuïc, al Sur y la cordillera del litoral -Colserola-, al Norte. Barcelona está en el centro, como quicio de un territorio ritualmente fundado –consagrado-.
Una fuente recurrente en la historiografía de Barcelona es la Ora Marítima de Rufus Festus Auienus, s. IV d. C.; lo que nos ha llegado de esta pequeña obra en verso es una parte de lo que, con toda probabilidad, era una obra mucho mayor en la que se describía uno o varios periplos completos por las costas de la Península, desde Marsella a Galicia o Gran Bretaña (en (Villalba, 1986) hay Facsímil de la editio princeps.
Se ha determinado, por una parte, que para escribir la Ora Avieno se basó en textos periegéticos anteriores a la época de Augusto, incluso muy anteriores (s. VI a II a. C.), pero, por el contrario se ha establecido que la descripción que hace de la ciudad sí se corresponde exactamente a su época (circa 340 d. C.). En efecto, la Ora no es enteramente una obra original; no hay noticia de que Avieno pisara jamás las tierras que describe, a excepción de Cádiz, en donde, según dice él mismo, visitó el santuario fenicio de Hércules (Ora, 273) por lo que su descripción de Barcelona o del enclave que ocupa la ciudad no puede ser más que una paráfrasis de fuentes de segunda mano: poetas contemporáneos o testimonios orales de gentes que habitaron el lugar (Villalba, 1986) (Holder, 1887) (Schulten, 1955) (Berthelot, 1934) (Blàzquez, 1923). Redunda en ello el carácter prosaico de la descripción de Barcelona, en claro contraste con otros pasajes de la Ora y con otras obras suyas (Descripción del Orbe Terrestre y Fenómenos), que, aún siendo paráfrasis de obras anteriores, demuestran que Avieno era un hombre erudito, de vasta cultura, muy bien considerado en la época, como lo atestigua, entre otros, Jerónimo de Estridón, contemporáneo suyo y uno de los cuatro padres latinos de la Iglesia (Villalba, 1986).
Avieno es un hombre culturalmente fronterizo, entre un pasado potente y fértil que se corresponde con los tiempos de Augusto y un futuro que se perfila incierto y devastador con respecto a esa tradición mistérica y de carácter tradicional que representa Augusto como Emperador Solar: el cristianismo, que ya a partir del año 313 se había convertido en la religión del Imperio. Eso convierte a Avieno en un autor "científicamente" poco fiable, con un gusto desmedido por lo arcaico y por los nombres antiguos, invocando a los dioses –ya considerados paganos- desde la nostalgia o, quizás, desde el ruego para que el sistema no se abandone al dogma. Avieno, de saberlo, no se hubiera hurtado de mencionar un elemento especialmente característico del enclave que ocupa la ciudad y con una presencia cultural secularmente reconocida: en mitad de esa extensa llanura se imponía majestuosamente, como ahora se impone, la montaña de Montjuïc, el Mons Iovis, el Monte de Júpiter, que no sólo no pasó inadvertido a Pomponio Mela sino que fue descrito como característica esencial del lugar, (Chorographia, II, 80):
“...parva flumina Baetulo iuxta Iovis montem, Rubricatum in Barcinonis litore...”
¿Cómo omitir a Júpiter, ese dios primero a quien Avieno siempre invoca con fervor, entre lo inspirado y lo nostálgico, en sus obras?; véase, por ejemplo los primeros 75 versos de los Fenómenos en los cuales se entremezclan las invocaciones a las Musas y al mismo Apolo, como en los primeros versos de La Descripción del Orbe terrestre. Sin embargo, a ese Júpiter al que Avieno invoca inspiración, a ese Júpiter al que invoca para que le ayude a desvelar “el espacio sideral a los mortales”, a ese Júpiter que es “...uno sin alteración...”, ese Júpiter, al fin, no tiene cabida en la descripción de un enclave único de la costa Laietana, e incluso Indigeta pues, igualmente, no menciona otra de las marcas importantes de la costa: otro Mons Iovis, que se corresponde con el actual macizo de Montgrí.
Sea como fuere, los versos que aluden a Barcelona en la Ora Maritima dicen así:
“...et Barcilonum amoena sedes ditium. nam pandit illic tuta portus brachia, uvetque semper dulcibus tellus aquis.”
Se plantean, sin embargo, algunas dificultades en el sentido de la que, sin duda, es la palabra clave del texto: BARCILONUM. El sentido del término no sólo admite cierta discusión a tenor de su rica etimología –lo que afrontaremos más adelante- sino que podría pensarse en una incorrección en la trascripción de la editio princeps (V. Pisanus, 1488) o bien como un lapsus calami, por otra parte frecuentes en toda la obra (Villalba, 1986).
Si Avieno se refiere a la ciudad de la Tarraconense conocida todavía en el siglo IV d. C. como BARCINO, el término que le correspondería en el texto no sería BARCILONUM sino BARCINONUM, genitivo plural de BARCINO-ONIS coherente con DITIUM. Podemos suponer que las noticias que tuvo Avieno de Barcelona incorporaban ya la denominación visigótica BÁRCILO –toponímico precedente del actual-, pero a tenor de la personalidad de Avieno, parece improbable que lo utilizara, a menos de que, además de no haber pisado la zona, no hubiera tenido noticia de una ciudad llamada Barcino, lo cual es bastante improbable por la importancia y trascendencia de esta Colonia romana desde la época de Augusto.
Sea como fuere BARCINO o BÁRCILO es un nombre propio y, como tal, difícilmente admite el uso del plural a menos que se utilice en términos poéticos o figurados, como cuando, por ejemplo, Machado habla de “... las dos Españas...” Pero en un texto que es básica y necesariamente descriptivo parece inapropiado el uso común de un nombre propio y, además, no se entiende a qué exactamente podría hacer referencia. Diversos autores han barajado la posibilidad de que hubiera varias barcinos, pero esto no está atestiguado por ninguna evidencia arqueológica y es más que improbable en un enclave que, como veremos, fue de especial importancia cultural en los primeros cuatro siglos de nuestra era.
Este lapsus obligó a P. Villalba (Villalba, 1986) a proponer otra traducción más acorde con el sentido de estos versos: “... i la seu amena des rics habitants de Bàrcilo, car un port obre allí els seus braços segurs i la terra és sempre xopa d’aigües dolces” Villalba introduce en su traducción un sustantivo: “els habitants”, al que incorpora “rics” (ditium) como adyacente, que no figura en la oración original pero que permite considerar a Barcilonum con su complemento y descargarlo del plural que tanto le incomoda. Así, liberando al nombre propio del plural, no hay ninguna razón por la cual no puede traducirse barcilonum como BÁRCILO (Barcelona).
La estrategia no es arbritaria: la frase entera induce a pensar en una zona próspera, cuyos habitantes gozaban de cierto acomodo y, sino realmente, sí al menos en recursos naturales, gozaban de cierta riqueza. En efecto, en el siglo IV d. C., ya en el ocaso del Imperio, todavía eran reconocibles ciertos aspectos orográficos del enclave que ocupaba la ciudad de Barcino bien singulares: como dije más arriba, una extensión de terreno limitado al Este por el actual río Besós (Baetulo), al Oeste por el actual río Llobregat (Rubricatus) y al Sur por el mar Mediterráneo, lo que demarcaba un territorio fértil, próspero y saludable, considerando, también, otra característica del encalve a la que Avieno no alude pero que según otras crónicas es igualmente remarcable: la sierra del litoral, la actual Collserola, que protegía la zona de los fríos vientos del norte.
El último verso del texto nos señala, sin embargo, otra característica determinante del enclave que redunda en todo lo dicho: “...uvetque semper dulcibus tellus aquis”; es decir, “...la tierra está siempre irrigada por (o empapada de...) aguas dulces”. Es un lugar, pues, próximo a uno o dos ríos, los cuales lo inundan, en todo o en parte, con cierta frecuencia, lo que lo convierte en una cálida y bien temperada bárcena. Que “bárcena” y “Barcino” compartan un mismo radical indoeuropeo nos ocupará más adelante; simplemente, apuntar ahora que una característica determinante del emplazamiento de la ciudad de Barcino podría, sin duda, aportar mucha luz sobre el origen de su nombre que, como veremos también, se superpone a otras características del encalve bien singulares.
Parece, pues, que la descripción de Barcelona contenida en la Ora no define exactamente la ciudad en sí sino una característica del enclave: su agradable situación, su orografía llana y de fácil cultivo... un lugar, sin duda, apacible i fecundo, con una huerta y unos viñedos que conferían cierta prosperidad a sus “ricos habitantes”. Y dichas características, habida cuenta de que Avieno nunca pisó esta tierra y sus fuentes son más bien orales, prefiguran la idea que en la época se tenía de Barcelona.
En efecto, un hecho característico y determinante de la zona es, pues, la presencia de una abundante irrigación de agua dulce, debida a la presencia de estos dos caudalosos ríos, el Rubricatus y el Baetulo, que la convierten en un campo inundado por agua dulce, fértil, protegido de vientos nefastos y estratégicamente situado, con un puerto natural que lo abre al Mediterráneo y a todos los pueblos y territorios a los que baña, que desde la época griega constituían el “mundo conocido”, no sólo en sentido de extensión sino en el sentido de ámbito gnoto, es decir: conocido en el sentido de poseído, consagrado, fundado. La descripción de Avieno se corresponde exactamente con la de una bárcena, la de un “lugar llano próximo a un río, el cual lo inunda, en todo o en parte”, palabra que, según nos indica nuestro diccionario académico es de origen prerromana, procede de *bargina que a su vez deriva de *Barga o Varga, que significa “campo inundado”.
La voz *Barga es prerromana y céltica y significa también “choza” y “henil” o, simplemente, “montón de heno”. Ambas significaciones se explican por la similitud formal entre una cabaña, cubierta de telas con un mástil central que las sostiene, con un montón de hierba en torno a un poste central que lo aglutina y estabiliza, de forma cónica. La voz es geográficamente muy extensa, *Barga se encuentra desde el norte de España hasta las zonas caucásicas, desde el norte de Francia y Reino Unido hasta las regiones bereber (tabergent es un almiar, tabergant es una cabaña). Lo interesante es que *Barga está emparentada con el irlandés medio barc (“casa de madera”), afín al griego fragmos “cercado”, “empalizada”, lo que ha permitido a los etimologistas postular un galo BARCA –con C en vez de G- conservado en francés (barche o barge, que es tanto un pontón -barco chato, para navegar en los ríos-, como un almiar) y en italiano (barchesa, barcum); la asimilación de BARCA con barca (nave) es también sugerida por el hecho vinculación radical con *BARICA que a su vez deriva del griego de Egipto baris (Baris) que en Egipto y Persia era una embarcación pequeña usada para navegar por el río, pero no una embarcación cualquiera sino una barca con un palio encima. La alternancia fonética rc=rg es característica en las inscripciones ibéricas por lo que, aún tratándose de un fenómeno fonético no es improbable, ni etimológicamente ni por asimilación formal de su significado, que *Barga y BARCA estén plenamente identificadas en cierto sentido particular (Corominas, 2001) (Roberts, Pastor, 1996). BARCA es, pues, tanto un “lugar cercado”, concretamente, “un prado cercado con una empalizada”, como “casa pequeña con cobertizo de paja”, una “choza” o “barraca”, sentido que se conservó en lengua mozárabe, como una barca (nave) y una bárcena. A mediados del siglo XVI Joan Margarit, Obispo de Girona, Cardenal y máximo representante de la historiografía humanística de la Corona de Aragón en su obra Paralipomenon Hispanae, I, recoge esta etimología de Barcino como “choza”, pero, aún reconociendo un radical “griego” en el término, lo justifica por la existencia de chozas de pescadores a la orilla del mar; pocos años después, a finales del siglo XVI, Jeroni Pujades (Pujades, 1829 Libro I, cap. XXIII i XXIV) recoge las opiniones de Joan Margarit, añadiendo que Barcinon quiere decir, simplemente, barraca.
Todos estos significados confluyen y BARCA devino nombre de lugar; no es nada infrecuente, más bien parece lógico, que la toponímia provenga del paisaje: la tierra genera el nombre, su propio nombre. Este hecho, advertido recientemente por la filología moderna, es del todo evidente para la Ciencia sagrada, la cual, en virtud de determinados ritos de consagración, da lugar al nombre (es decir, da forma a una idea) al mismo tiempo que da nombre al lugar.
El protoenunciado de BARCA define un templo, un espacio consagrado, materializado en una construcción o casa que pasa a ser así imago mundi y también habitáculo con finalidades rituales y garante de la conservación y transmisión tradicional para un pueblo determinado.
Los ejemplo son muchos y diversos; en algunos pueblos tradicionales una construcción, generalmente redonda, cubierta con paja o chamiza soportada por un pilar central era un símbolo del Mundo o Macrocosmos, siendo el pilar una representación del Eje del Mundo. La siguiente imagen muestra en esquema la llamada Casa Cósmica del pueblo Bribri (Talamanca, Costa Rica) (González, 1989) en donde se puede apreciar nítidamente la estructura de la construcción con una representación de Macrocosmos y sus tres o cuatro mundos, en torno a un eje vertical, presente físicamente o no pero sugerido por la forma misma de la cabaña.
Nopatkuo (noparyuok): contenedor de la gran casa o "canasta" cósmica de forma cónica y su homóloga subterránea
Esta otra imagen muestra el esquema del templo ritual del pueblo Kogi (Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia) (Snodgrass, 1990) considerado, igualmente una imago mundi.
Estos esquemas representan, en realidad, un Tabernáculo; es el dibujo que ejemplifica gráficamente el sentido de *Barga o BARCA en tanto que “choza” ritual, una imago mundi y “habitáculo” de la deidad: una representación lógica y paradójica del Mundo a la vez que objeto que establece y justifica la instauración de un Centro sagrado a partir del cual se repite simbólicamente la cosmogonía.
La BARCA es el protoenunciado de la pirámide, la ziqqurat o la stûpa.
La asimilación de BARCA con tabernáculo no es casual. Tabernaculum, diminutivo de taberna, “choza”, “cabaña”, es una “tienda de campaña” en el sentido de construcción en madera, mediante postes, cubiertos por paja, tela, cuero o chamiza en donde lo determinante es el sentido de uso nómada. Ambas derivan de tábula (“tabla”) que está compuesta por el radical ta*- (desplegar, extender) y el sufijo –bula (hablar; en el sentido que tiene, por ejemplo, fábula = hacer hablar... a los animales, personas o seres inanimados). Es decir, el lugar en donde “está extendida, guardada o reservada la palabra”, pero también “un lugar que habla”, es decir, un oráculo. Bien puede decirse que BARCA es materialmente la Tradición, la representa de forma lógica, de la misma manera que en el relato bíblico la Piedra sagrada o el Arca dispuesta en el centro del tabernaculum, ella misma, era considerada como “habitáculo de la divinidad”. Asi, podemos ver como el tabernáculo bíblico, Mishkam, designa una “tienda de reunión” o “tienda de encuentro” referido a un espacio consagrado o santuario y en tanto que tal es la “morada” de Dios en la Tierra, imagen del Mishkam celestial del que habla el antiguo Testamento, desde donde se comunica con el pueblo de Israel; dicho de otra manera, “habitáculo” de la Shekinah, la “presencia real” de la divinidad. El Mishkam era siempre portátil, distinguiéndose claramente del Templo, Hekhal (derivado del acádico ekallu “casa grande”), que se construye paralelamente a la instauración del culto (2 S 7,6), como el Templo de Salomón Hekhal Shlomo. Sólo con posterioridad y por analogía, al Templo construido en piedra se lo asimila simbólicamente al Mishkam (1 S 1,9), pasando así el término a designar un Templo o Palacio y, por extensión a la ciudad entera de Jerusalén.
Por otra parte, la letra B, segunda letra de la mayor parte de los alfabetos fenicios y primera consonante, tiene para nosotros la forma de la b (bêta) griega, como la Beth de los fenicios y hebreos; tiene el sentido de “casa”, “tienda”, “recinto”, todo aquello que sirve de protección o cubrición. En los alfabetos primitivos orientales la grafía de la letra era de dos triángulos contiguos que sugieren la forma de una cabaña, tienda de campaña, choza o colina. BARCA podría verse como un acróstico designando “la Casa (taberna o tabernaculum) –B- en donde está contenida o custodiada el Arca”: B-ARCA, siendo aquí el Arca un sinónimo de Tradición.
El Arca de Noé es, en realidad, una Barca y recoge ambos sentidos del término: es tanto una taberna o tabernaculum como una nave. Como se describe en Gen. VI, 16, el Arca tiene una cubierta de más altura en el centro que en los extremos: “... et in cubito consummabis summitatem ejus...” (“... haces al arca una cubierta y a un codo la rematarás por encima...”), lo que sugiere una cubierta inclinada a dos aguas. Este no es un detalle menor; otros detalles formales del Arca han sido obviados en el relato bíblico, pero el hecho de que tenga una cubierta de estas características está explícitamente relatado, como parte importante de su forma y, por lo tanto, como aspecto relevante de su simbolismo. Por otra parte, el Arca es depositaria de la Tradición de fin de un Ciclo; contiene, protege y restituye la Tradición siendo, en tanto que tal una imago mundi, lo que es sugerido claramente por el hecho de que esta formada por tres pisos: “...deorsum cenacula, et tristega facies in ea” (“... de suelos bajos, segundos y terceros la harás...”), que simbolizan a los tres mundos o planos de realidad en los que simbólicamente se definen el ámbito de la Manifestación universal. La (B)Arca de Noé es una casa de madera y una nave depositada a la cima del monte de Ararat como acto fundacional de un nuevo Ciclo; R. Guénon hace coincidir el Diluvio bíblico y la desaparición de la Atlántida con el inicio de la Edad de Hierro grecorromana (Guénon, 1987). Este es el sentido primordial que recoge y justifica la concepción de una taberna o tabernaculum que siendo llevado de un lugar a otro por pueblos nómadas, se deposita en la cima de una montaña, colina o promontorio con finalidades estrictamente fundacionales, de restitución o adaptación a nuevas características espacio-temporales de la doctrina tradicional Unánime y Primordial, sentido que es inherente o del cual deriva la propia fundación de la ciudad, siendo la fundación urbana un símbolo de la primera. No menos significativo es el hecho de que el Arca de la Alianza, situada en el centro del tabernaculum, se convierte en un “centro de encuentro” entre Dios y Moisés (Ex. 25,22), lo que la instituye como lugar en donde se recibe la revelación divina, la influencia espiritual: en este sentido debe entenderse la función oracular inherente al tabernaculum o a la BARCA.
La barca de Noé
Bajo este punto de vista podría encararse la fundación mítica de Barcelona atribuida a Hércules; cuenta la leyenda, pues no puede decirse que se corresponda exactamente con lo que tradicionalmente se entiende por mito, que mientras Hércules se encontraba en tierra íberas los griegos mandaron nueve barcas en su búsqueda para requerir su presencia en la guerra de Troya; después de un fuerte temporal, sólo una de ellas llegó a las costas de Layetana, a los pies del Mons Iovis. Hércules nombró al lugar en donde varó la novena barca barca nona, de ahí Barcelona. Pere Tomic (Tomic, 1495) es quien introduce este sagaz, aunque totalmente infundado relato legendario, siguiendo la obra (1243) del Arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada (Rada, 1989) que resaltaba esta fundación mítica, junto con otros hechos extraordinarios como que la genealogía de toda Iberia se debía a Túbal, nieto de Noé.
Resulta sorprendente como 300 años después (1545) Joan Margarit, (Margarit, 1545) niega rotundamente ambas fundaciones míticas arguyendo habladurías paganas y en contra de la opinión del influyente humanista italiano Annio de Viterbo quien en su Commentaria super opera auctorum diversum de antiquatibus (1498) consideraba la genealogía iniciada con Túbal y el mito de Hércules como verdaderamente fundados. La fundación mítica de Barcelona por Hércules no ha sido discutida nunca, aunque a partir de la Ilustración se relegó al terreno de la opinión, como corresponde al sistema científico historiográfico de la época que ha llegado hasta nosotros. La inscripción BARCINO AB HERCULE CONDITA (Barcelona, fundada –y construida- por Hércules) está labrada en piedra en la fachada gótica del Ayuntamiento de la ciudad, que data del siglo XV, lo que demuestra que, al menos hasta el siglo XV, el hecho era aceptado como cierto.
Sin embargo, lo relevante del mito de Hércules no es que el Héroe en agradecimiento a los dioses por la llegada de una única barca nombrara al lugar barca nona sino que sea precisamente una BARCA lo que se funda en el lugar; de hecho, se usa la novena como adjetivo cardinal por lo que resulta sin duda más preciso suponer que Hércules fundó en este lugar una BARCA (tabernaculum) como centro espiritual; de hecho, en la decadencia del Imperio romano, con la dominación goda, muchos toponímicos tomaron la terminación –ona; así, Tarraco devino Tarracona (Tarragona), Bétulo, Betulona (Badalona) y Barcino, Barcinona (Barcelona) (Balaguer, 1982).
A la luz de ciertas gestas narradas en diversos mitos relativos a Hércules, bien podría decirse que éste emprendió una labor fundacional partiendo de Grecia por mar fundando en distintos puntos geográficos de occidente sendas barcas (nueve?), es decir, centros espirituales como acto de refundación tradicional, lo que no resulta extraño si consideramos otro símbolo asociado a Hércules: la Torre. En efecto, en la Península hay noticia, y todavía se conserva alguna, de sendas Torres de Hércules que, como símbolo axial análogo a la columna, es uno de los símbolos del centro del Mundo, como la columna de Oricalco marcando el inicio de un nuevo ciclo (Crítias, 119c-d.); ahí donde hay una Torre de Hércules, ahí debe haber, necesariamente, una BARCA y en Barcelona, la Torre de Hércules estaba en la cima del Mons Iovis no en vano se tiene noticia de que en tiempos antiguos en la cima del Montjuïc se erigía una Torre llamada El Farell o Torre de la guarda diciéndose que fue el mismo Hércules quien consagró esta montaña al dios Júpiter (Pau, 1986) u Osiris Júpiter (Pujades, 1829), levantando en la cima un templo dedicado al dios griego. En un grabado de Beaulieu del s. XVII, contenido en Les plans et profils des principales villes et lieux considerables de la principauté de Catalogne (lámina 33) todavía se representaba esta Torre de Hércules en la cima del Mons Iovis; en la cima de la torre puede verse la vela figurando la barca (nave) y a sus pies sendas BARCAS.

© (2008) Josep M. Gràcia para La Ciudad de las Aves
Bibliografía citada
(Avieno, 2001) Avieno, Rufo Festo, “Costas Marinas” IN Fenómenos, Descripción del Orbe Terrestre, Costas Marinas, Jose Gredos Ed., 2001, BCG-296
(Balaguer, 1982) Víctor Balaguer, Las Calles de Barcelona, 1865, ed. Facsímil en Monterrey Ed., Madrid, 1982.
(Berthelot, 1934) A. Berthelot, Festus Avienus, Ora Marítima, París, 1934
(Blàzquez, 1923) A. Blàzquez, Ora marítima; Avieno, Madrid, 1923.
(Corominas, 2001) J. Corominas y J. A. Pascual, Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispano, Madrid, 2001, Vol. V, pp. 743-747. Véase también, Anales del Instituto de Lingüística, Univesidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Tomo I, 148, n.1.
(González, 1989) A. González y F. González, La casa cósmica talamanqueña y sus simbolismos, Editora de la Universidad de Costa Rica, San José, 1989.
(Guénon, 1987) René Guénon, El Rey del Mundo, Cárcamo Ed., Madrid, 1987, cap. XI
(Holder, 1887) A. Holder, Rufi Festi Auieni Carmina, Innsbruck, 1887; reprod. 1965, XV-XVI
(Margarit, 1545) Joan Margarit, Paralipomenon Hispanae, I, 1545.
(Rada, 1989) Rodrigo Jiménez de Rada, Historia de los hechos de España (De Rebus Hispanae), reed. Madrid, 1989.
(Pujades, 1829) Jeroni Pujades, Crónica Universal del Principado de Cataluña, 1595; ed. Faccímil Imprenta José Torner, Barcelona, 1829, Libro I, cap. XXIII.
(Pau, 1986) Jeroni Pau, Obras, “Barcino”, Curial, Barcelona, 1986, Vol I.
(Roberts, Pastor, 1966) Edward A. Roberts y Bárbara Pastor, Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española, Alianza Ed., Madrid, 1996.
(Schulten, 1955) A. Schulten, Avieno, Ora Maritima, F. H. A., Barcelona, 19552
(Snodgrass, 1990) Adrian Snodgrass, Architecture, Time and Eternity. Studies in the stellar and temporal symbolism of traditional buildings, Vol 2., Ed. del Autor, Nueva Delhi, 1ª ed. 1990, p. 507 ss.
(Tomic, 1495) Pere Tomic, Histories e conquestas de Cathalunya, Johan Rosembach, Barcelona, 1495, Cap. VI.
(Villalba, 1986) Villalba i Verneda, Pere, Periple. Ora Maritima. Barcelona, Fundació Bernat Metge, 1986. Puede consultarse, igualmente, los artículos siguientes, aunque, en esencia, recogidos y ampliados en el libro citado: “La ‘qüestió Avienea’” Faventia, 7/2 (1985), pp. 61-67) y “El text crític de l’Ora Marítima d’Aviè”, FAVENTIA, 7/1, 1985, pp, 33-46

